UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Es agosto.
En una casa cualquiera del norte de Tenerife alguien abre un armario.
Dentro cuelga un traje de mago perfectamente planchado.
Tiene más años que muchos de los que volverán a vestirlo este fin de semana.
Una abuela pasa la mano por la tela con el mismo cariño con el que se acaricia un recuerdo.
Sonríe.
Y le dice a su nieto:
“Ese traje también lo llevó tu abuelo”.
En ese instante comprendí que las tradiciones nunca empiezan en una romería.
Empiezan mucho antes.
Empiezan en una casa.
En una familia.
En una conversación.
Estos fines de semana el norte vuelve a vestirse de fiesta.
Da igual si uno está en Tacoronte, en La Orotava, en Garachico o en cualquier pueblo del norte.
Cambian los patronos.
Cambian las plazas.
Cambian los recorridos.
Pero nunca cambia lo verdaderamente importante.
Porque las fiestas del norte no se entienden sin una mesa rodeada de familia.
Sin el olor del gofio recién amasado.
Sin un trozo de queso compartido.
Sin las papas arrugadas con mojo.
Sin los higos recién cogidos.
Sin el vino de nuestra tierra que pasa de mano en mano acompañado de una sonrisa.
Sin una parranda que comienza casi sin darse cuenta.
Sin el sonido de un timple.
Sin una isa que alguien termina bailando, aunque jurara que este año no lo haría.
Sin los papahuevos haciendo reír a los más pequeños.
Sin las bandas de música recorriendo las calles.
Sin los fuegos que iluminan la noche.
Sin los balcones llenos de vecinos.
Sin los niños que, quizá por primera vez, descubren orgullosos cómo se coloca una cachorra o cómo se anuda una fajina.
Hay recetas que alimentan el cuerpo.
Y hay tradiciones que alimentan el alma.
Por eso las romerías nunca han consistido únicamente en acompañar a un santo.
Han consistido, sobre todo, en acompañarnos unos a otros.
En reencontrarnos con familiares que hace meses no vemos.
En abrazar a un amigo de la infancia.
En descubrir que todavía existen lugares donde nadie pregunta quién eres antes de invitarte a compartir un vaso de vino o un trozo de pan.
Vivimos en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.
Cada año aparecen nuevas modas.
Nuevas tecnologías.
Nuevas formas de comunicarnos.
Pero hay cosas que el tiempo nunca debería cambiar.
La emoción de un niño al vestirse de mago por primera vez.
La paciencia de una madre mientras coloca el pañuelo con el mismo cuidado con que lo hacía su madre.
Las manos de un abuelo enseñando a su nieto los primeros pasos de una isa.
Porque las tradiciones no sobreviven por aparecer en un programa de fiestas.
Sobreviven porque alguien decide enseñárselas a quien viene detrás.
El mejor museo del norte nunca ha tenido paredes.
Siempre ha sido una mesa rodeada de familia.
Un banco en una plaza.
Una cocina donde varias generaciones preparan la comida de la romería.
Una bodega donde se brinda por quienes están y también por quienes ya solo viven en la memoria.
Quizá por eso nuestras fiestas son mucho más que una fecha en el calendario.
Son el lugar donde el pasado le da la mano al futuro.
Donde un abuelo entrega una historia.
Donde una madre transmite una costumbre.
Donde un niño descubre que pertenece a algo mucho más grande que él mismo.
Este fin de semana miles de personas volverán a llenar las calles del norte.
Algunos vendrán por la música.
Otros por la comida.
Muchos por la fiesta.
Pero, aunque no sean conscientes, todos estarán celebrando exactamente lo mismo.
El privilegio de pertenecer a una tierra que todavía sabe reunirse alrededor de sus raíces.
Y mientras siga habiendo una abuela que planche un traje de maga con la misma ilusión de siempre…
Mientras un abuelo siga enseñando a un nieto cómo se ata una fajina o cómo se baila una isa…
Mientras una familia siga compartiendo una pella de gofio, un trozo de queso y una conversación sin mirar el reloj…
Podremos estar tranquilos.
Porque habrán cambiado los tiempos.
Habrán cambiado las personas.
Habrá cambiado el mundo.
Pero el corazón del norte seguirá latiendo exactamente igual.
Porque las tradiciones no se heredan por obligación.
Se heredan por amor.

