UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Es domingo.
En un mirador del norte de Tenerife apenas queda sitio para aparcar.
Las motos llegan una detrás de otra.
Los ciclistas descansan unos minutos antes de continuar la ruta.
Las familias buscan la sombra de un pino para compartir el almuerzo.
Los senderistas consultan un mapa antes de decidir qué camino tomar.
Un niño observa todo aquello con la curiosidad que solo tienen quienes todavía descubren el mundo por primera vez.
Mira a su abuelo y pregunta:
“Abuelo, ¿siempre ha habido tanta gente aquí?”
El hombre sonríe.
Permanece unos segundos en silencio, como quien rebusca un recuerdo entre la memoria.
Después responde.
“No, hijo. Hubo un tiempo en que aquí se escuchaban mucho más los pájaros que los coches”.
Aquella frase se quedó conmigo.
No porque hablara del pasado.
Sino porque hablaba del futuro.
Vivimos convencidos de que crecer siempre es una buena noticia.
Si un negocio funciona, queremos que funcione todavía mejor.
Si llegan más visitantes, soñamos con que lleguen aún más.
Si un destino bate un récord, inmediatamente pensamos en el siguiente.
Hemos aprendido a celebrar el crecimiento.
Pero casi nunca nos detenemos a preguntarnos qué estamos dejando atrás mientras seguimos avanzando.
No se trata de cuestionar el turismo.
Sería injusto.
El turismo ha dado prosperidad al norte de Tenerife.
Ha llenado hoteles, restaurantes, comercios y hogares.
Ha permitido que miles de familias vivan con dignidad gracias al esfuerzo de generaciones enteras.
Eso merece ser reconocido.
Pero también merece ser comprendido que el éxito no siempre consiste en sumar.
A veces consiste en conservar.
Porque el norte no es una fábrica.
No puede fabricar otro macizo de Teno.
No puede plantar mañana un bosque centenario.
No puede dibujar de nuevo un barranco que la naturaleza tardó miles de años en esculpir.
No puede recuperar la tranquilidad de un sendero cuando la hemos perdido.
Hay cosas que simplemente no admiten una segunda oportunidad.
Y, sin embargo, seguimos empeñados en medir el éxito únicamente con cifras.
¿Cuántos visitantes llegaron?
¿Cuántas pernoctaciones hubo?
¿Cuánto aumentó el gasto?
Quizá haya llegado el momento de empezar a contar otras cosas.
¿Cuántos niños siguen descubriendo el canto de un mirlo en mitad del monte?
¿Cuántos vecinos todavía sienten que esos caminos también les pertenecen?
¿Cuántos jóvenes heredarán un norte capaz de emocionarlos como emocionó a sus abuelos?
Porque la verdadera riqueza del norte nunca estuvo únicamente en su paisaje.
Está en el equilibrio.
En los bancales que siguen dibujando las laderas.
En los viñedos que cuentan la historia de quienes nunca abandonaron la tierra.
En los pequeños comercios donde todavía se conoce a las personas por su nombre.
En los cascos históricos que conservan el alma de generaciones enteras.
En los senderos donde el silencio sigue teniendo más fuerza que el ruido.
Eso también genera riqueza.
Aunque no aparezca en ninguna estadística.
Compartir nuestra tierra con quienes nos visitan es un privilegio.
Pero compartir nunca debería significar desgastarla.
Porque nadie recorre miles de kilómetros para contemplar un récord turístico.
Viene buscando autenticidad.
Viene buscando naturaleza.
Viene buscando esa forma tranquila de entender la vida que todavía conserva el norte de Tenerife.
Y esa forma de vivir es, precisamente, nuestro mayor patrimonio.
Entonces comprendí que la conversación entre aquel abuelo y su nieto nunca hablaba de coches.
Ni de turismo.
Ni siquiera hablaba del pasado.
Hablaba de una herencia.
Hay generaciones que plantaron árboles sabiendo que jamás disfrutarían de su sombra.
Levantaron bancales.
Cuidaron montes.
Conservaron senderos.
Mantuvieron vivos pueblos enteros.
No lo hicieron para ellos.
Lo hicieron para nosotros.
Y ahora nos toca decidir qué clase de antepasados queremos ser.
Porque algún día otro niño volverá a mirar un paisaje como aquel.
Y volverá a hacer exactamente la misma pregunta.
La diferencia estará en la respuesta que pueda darle su abuelo.
Quizá entonces le diga que todavía siguen cantando los pájaros.
Que los senderos continúan oliendo a tierra mojada.
Que los pueblos conservan su identidad.
Que el norte sigue siendo ese lugar al que uno siempre desea regresar.
O quizá tenga que contarle que un día confundimos crecer con mejorar.
Y que, cuando quisimos reaccionar, ya era demasiado tarde.
La herencia del norte nunca nos ha pertenecido.
La recibimos de quienes caminaron antes que nosotros.
Y solo la tenemos en préstamo hasta que llegue el momento de entregársela a quienes vendrán después.
Porque, al final, no somos los dueños de esta tierra.
Solo estamos de paso.

