UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López
Hubo un tiempo en el que una boda empezaba mucho antes del día señalado.
Empezaba en una casa del norte.
En una habitación donde una joven iba guardando, poco a poco, aquello que algún día llevaría consigo al matrimonio: Sábanas, manteles, toallas, piezas de calado, alguna vajilla, quizá un mueble. Todo cuidadosamente preparado, doblado y guardado.
Mientras tanto, en otra habitación, alguien hacía cuentas, porque hubo una época en la que para casarse no bastaba con quererse, también había que poder hacerlo.
La dote podía marcar la diferencia.
Lo que una familia podía aportar y lo que la otra podía poner sobre la mesa formaba parte de aquellas conversaciones que hoy nos parecen lejanas, pero que fueron absolutamente reales para muchas generaciones.
En nuestros pueblos, aquellas bodas quedaron escritas en la memoria de las familias.
En las fotografías que amarillearon con los años.
En los vestidos guardados en los armarios.
En las sábanas que alguien heredó.
En los manteles que todavía aparecen alguna vez sobre una mesa familiar.
Las bodas cambiaron y con ellas cambiamos nosotros, porque ayer, para muchas familias, la pregunta podía ser:
¿Qué aporta cada uno?
Hoy debería ser otra:
¿Quién te hace feliz?
Parece una diferencia pequeña, pero no lo es. Es una de esas diferencias que cuentan la historia de una sociedad entera y, quizá, nuestros pueblos del norte de Tenerife sepan mucho de eso.
Aquí la gente se conoce, se cruza por la calle, se saluda, se pregunta por los padres, por los hijos, por quienes ya no están.
Aquí las historias de una familia terminan formando parte de la memoria de todo un pueblo.
El norte nunca ha sido perfecto. Ningún lugar lo es, pero nuestros pueblos han aprendido, generación tras generación, que la vida del vecino también forma parte de la vida de la comunidad y, quizá por eso, también hemos aprendido algo importante: que detrás de cada puerta hay una historia.
Y que no todas las historias tienen que parecerse para merecer el mismo respeto.
Durante generaciones hemos visto bodas de todo tipo: Bodas sencillas, bodas grandes, bodas con muchos invitados, bodas alrededor de una mesa familiar, bodas en las que el ajuar ocupaba casi tanto espacio como la ilusión.
Y hemos visto cómo aquello que parecía inamovible iba cambiando poco a poco, porque también hubo un tiempo en el que dos personas podían quererse y, sin embargo, no tener derecho a convertir ese amor en matrimonio.
Hubo hombres y mujeres que tuvieron que esconder a quién querían, personas que vivieron su historia en silencio, parejas que tuvieron que esperar y familias que no siempre supieron entender, hasta que la sociedad decidió que amar no podía ser un privilegio reservado para unos pocos.
En 2005, España modificó su Código Civil para reconocer el matrimonio con independencia del sexo de los contrayentes. Han pasado más de veinte años y aquello que durante generaciones parecía imposible forma hoy parte de nuestra vida.
Ayer, en Icod de los Vinos, dos hombres se casaron. Y no hace falta decir sus nombres, ni hace falta explicar quiénes son… Son simplemente dos hombres que se quieren.
Pero quizá valga la pena detenerse un momento en lo que significa esa frase tan sencilla: Dos hombres. Una boda. Dos familias alrededor. Amigos. Nervios. Una mirada que busca otra mirada. Una mano que encuentra otra mano. Y ese instante en el que todo lo demás deja de importar porque llega el momento de decir: Sí, quiero.
No hay nada extraordinario en querer compartir una vida. Lo extraordinario es que durante demasiado tiempo algunas personas no pudieron hacerlo públicamente.
Por eso ayer no se celebró solamente una boda. Se celebró también la posibilidad de vivir una historia de amor sin esconderla y, eso sí, merece ser recordado.
Quizá, mientras esos dos hombres celebraban su boda, en algún rincón del norte alguien recordaba cómo fueron las bodas de antes.
Quizá alguien pensaba en aquella joven que preparó durante años su ajuar, en aquella madre que bordó unas sábanas, en aquel padre que hizo cuentas para que a su hija no le faltara nada cuando comenzara su nueva vida… Y quizá alguien se dio cuenta de cuánto hemos cambiado.
Antes se preparaba una dote.
Después se preparaba una casa.
Hoy se prepara una vida.
Y quizá ese sea el verdadero cambio, porque el verdadero ajuar nunca fueron las sábanas, ni los muebles, ni la vajilla, ni aquello que una familia podía entregar para ayudar a sus hijos a empezar.
El verdadero ajuar es llegar a la vida de otra persona dispuesto a compartirlo todo. Los días buenos, los malos, la salud y la enfermedad, las risas, los silencios, los años.
Eso también es patrimonio. No el que se guarda detrás de una vitrina, el que vive, el que cambia, el que se adapta, el que pasa de una generación a otra sin dejar de ser reconocible.
Y nuestras bodas forman parte de ese patrimonio invisible de los pueblos. Como las recetas, las fiestas, las canciones o las historias que se cuentan alrededor de una mesa.
Por eso también debemos sentirnos orgullosos del norte. No porque aquí todas las historias hayan sido siempre perfectas, porque no lo fueron, sino porque hemos aprendido que una comunidad no pierde nada cuando acepta una historia de amor diferente.
Al contrario. Gana una historia más.
Ayer, dos hombres celebraron su boda en Icod de los Vinos y quizá, dentro de muchos años, alguien encuentre una fotografía de aquel día.
Quizá sus hijos, sus sobrinos o sus nietos la miren.
Quizá alguien pregunte cómo eran las bodas de aquel tiempo.
Y quizá entonces otra persona cuente que hubo una época en la que dos hombres no podían casarse y le parezca increíble, como hoy nos parece increíble que una familia pudiera medir la posibilidad de una boda por el tamaño de una dote.
Así avanza la vida. No siempre deprisa. No siempre de la misma manera. Pero avanza y, tal vez, ese sea uno de los mayores motivos para celebrar una boda. No solo porque dos personas se quieren, sino porque cada generación debería tener un poco más de libertad para decidir cómo quiere vivir su propia historia.
Hace décadas, una familia preparaba un ajuar para que una hija comenzara su matrimonio.
Ayer, dos hombres comenzaron el suyo.
No llevaban una dote.
No necesitaban demostrar lo que podían aportar.
No tenían que justificar por qué se querían.
Solo llevaban algo que ninguna familia puede preparar por ellos: las ganas de compartir una vida.
Quizá dentro de cincuenta años alguien mire una fotografía de aquella boda y no entienda por qué hubo que escribir sobre ella. Y ojalá sea así, porque significará que finalmente hemos conseguido lo que realmente importa: que nadie tenga que explicar por qué ama a quien ama.
Las bodas cambian, las familias cambian, los pueblos cambian, pero el amor no necesita permiso. Nunca lo necesitó.

