UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López
Hay lugares a los que uno viaja Y hay otros a los que siempre termina volviendo.
Hace unos días imaginaba a un matrimonio caminando despacio por el paseo de San Telmo de Puerto de la Cruz. Él le ofrecía el brazo, mientras ella sonreía mirando el mar.
No eran dos turistas cualquiera.
Cincuenta años antes habían llegado allí para celebrar su luna de miel.
Entonces nadie decía que iba a Puerto de la Cruz. Decían, simplemente, que iban al Puerto. Y bastaban esas cuatro palabras para despertar una época.
Recuerdan las noches en las que el paseo de San Telmo parecía no dormir nunca: Las terrazas llenas, la música acompañando la brisa, las conversaciones que se prolongaban hasta la madrugada, la Plaza del Charco convertida en el corazón de una ciudad donde siempre parecía estar ocurriendo algo, el murmullo de distintos idiomas mezclándose con el sonido del mar… y esa sensación de que el turismo todavía tenía el tamaño de las personas.
El Puerto fue el primer gran referente turístico de Tenerife. La ciudad que enseñó al mundo que era posible recibir visitantes sin dejar de ser uno mismo.
Miles de familias levantaron allí su futuro: Hoteleros, camareros, comerciantes, taxistas, músicos, artesanos… Todos formaban parte de una ciudad que respiraba hospitalidad.
Veinticinco años después regresaron para celebrar sus bodas de plata. El paseo seguía allí. El mar seguía allí. Pero algo había cambiado.
Mientras el sur de Tenerife vivía un crecimiento extraordinario, el Puerto parecía ir perdiendo protagonismo.
Muchos visitantes cambiaron de destino y muchas inversiones también.
Y durante demasiado tiempo dio la impresión de que Tenerife solo tenía ojos para el sur.
Y es verdad que el sur merecía crecer: Había espacio, había oportunidades, había un enorme potencial por desarrollar… Pero mientras una parte de la isla construía su futuro, otra parecía resignarse a vivir de sus recuerdos, como si el lugar donde Canarias aprendió a recibir al mundo hubiera dejado de formar parte de las prioridades, o como si el Puerto pudiera conformarse con ser el hermano mayor al que todos respetan, pero al que pocos escuchan cuando llega el momento de decidir y, sin embargo, una isla inteligente no enfrenta unos territorios con otros.
Los equilibra, porque fortalecer el Puerto nunca significó restar oportunidades al sur. Significó comprender que Tenerife necesitaba dos grandes motores turísticos, cada uno con su personalidad, su historia y su forma de entender la hospitalidad.
Las ciudades, igual que las personas, también conocen épocas difíciles. Y no siempre brillan con la misma intensidad, pero eso no significa que hayan perdido su luz.
Hace unos días imaginaba a aquella misma pareja regresando una vez más. Esta vez celebraban sus bodas de oro.
Volvieron buscando los recuerdos de su juventud y encontraron algo inesperado: Una ciudad que vuelve a caminar con confianza, que recupera espacios públicos, que vuelve a llenarse de actividad, que entiende que el futuro no consiste en parecerse a nadie, sino en volver a parecerse a sí misma.
Pero sería un error pensar que el trabajo ya está terminado, porque recuperar una ciudad no consiste únicamente en renovar sus calles. Consiste en conseguir que quienes viven en ella sigan sintiéndola como suya, que el pequeño comercio continúe formando parte de su identidad, que los jóvenes puedan imaginar allí un proyecto de vida, que encontrar una vivienda no se convierta en una carrera de obstáculos, que pasear por la Plaza del Charco siga siendo un encuentro entre vecinos y no solo un lugar de paso para quienes llegan de fuera.
Porque el verdadero éxito de una ciudad nunca debería medirse únicamente por el número de visitantes que recibe. También debería medirse por el orgullo con el que sus vecinos siguen diciendo:
“Vamos al Puerto.
Porque las ciudades no dejan de ser valiosas cuando atraviesan momentos difíciles. Dejan de serlo cuando quienes las rodean dejan de creer en ellas. Y esa fue, probablemente, la herida más profunda que sufrió el Puerto durante demasiados años.
Por suerte, también las heridas pueden cicatrizar cuando vuelven la confianza, las ideas y la voluntad de mirar hacia delante.
Aquella pareja terminó su paseo donde todo había comenzado medio siglo antes.
Se detuvieron frente al mar, se dieron la mano y sonrieron.
Habían vuelto para recordar su luna de miel, pero comprendieron que quien también había decidido enamorarse de nuevo era el propio Puerto, porque el Puerto no necesita que nadie le devuelva su historia.
La historia nunca la perdió. Lo único que necesitaba era que Tenerife volviera a creer en ella, porque algunas ciudades viven de sus playas, otras de sus hoteles.
El Puerto siempre vivió de algo mucho más difícil de construir.
Su alma.
Y mientras conserve esa alma y tenga el coraje de protegerla, seguirá siendo mucho más que un destino turístico, seguirá siendo ese lugar al que, tarde o temprano, siempre merece la pena volver.

