Artículo de opinión de Salvador García

Hombre, al final quedó la duda de si las concentraciones del miércoles pasado eran para apoyar a Ceuta e identificarse con la causa del pueblo ceutí o corear ‘Pedro Sánchez, hijo de puta’, pero sí es cierto que los periodistas que cubrían aquéllas e informaban de lo que acontecía no tenían culpa, aunque hayan recibido improperios, acusaciones, amenazas y vejaciones, en definitiva, hayan sido vilipendiados en otra de esas tristes jornadas en las que no se respeta la labor de informar.
No era la primera vez que sucedía. Llevamos demasiados días, semanas, viendo que cualquier periodista que esté en la calle, con un micrófono, puede recibir insultos, empujones y amenazas. Sólo por llevar una herramienta de trabajo de un canal que no gusta. Cómo les explicamos a estos discrepantes ¿aprovechados? ¿confundidos? ¿fanatizados? ¿radicales? ¿extremistas? por enésima vez que una de las bases de nuestra democracia es la libertad de prensa. Poder informar, contarles lo que está pasando. Lo que estamos viendo, lo que reflejaban las pantallas, es inaceptable y muy peligroso. Seguro que aunque lo repitamos, no lo van a entender o aceptar.
Está dicho: los periodistas nunca deben ser los protagonistas de la noticia. Pero llevamos mucho tiempo, ahora también con la crisis migratoria en Ceuta, viendo cómo reporteros y periodistas sufren ataques mientras hacen su trabajo. Solo por llevar un micrófono de un canal con el que los agresores -los valientes y encendidos agresores, imbuidos de su verdad, intransigentes e intolerantes- no están de acuerdo. Solo por contar la realidad, por informar.

Y veamos si, además, de las notas reprobatorias y de las que publiciten los colegios y las organizaciones profesionales, se suman las de partidos políticos, colectivos empresariales o sindicales, siquiera para guardar las apariencias y hacer ver que por esa vía, con la utilización de esos métodos, no se va a ninguna parte.
Sucedía de nuevo este miércoles en la manifestación ante el Congreso de los Diputados. Gritos de «rojos, asquerosos», «fuera, fuera», «hijos de puta», son algunos de las expresiones que pudieron escucharse entre escupitajos, empellones y poses acompañadas de gesticulación y cartelería variada. Cuando el circo se descontrola. No citemos a medios concretos, cuando uno sufre ese comportamiento, lo sufren todos.
Desde luego, pocas profesiones como la periodística son tratadas de esta manera tan injusta con tanta frecuencia y con tanta impunidad. Los que trabajamos activamente para recuperar la democracia, para devolver la voz al pueblo y contribuir a la convivencia plural siempre pensamos que habría un tiempo para madurar, pero estamos comprobando el retroceso y la involución. Los malos modos, la destemplanza, la protesta insultante se van imponiendo en un marco de nociva impunidad. La reflexión final consiste en preguntarse hasta dónde influyen los propios medios en las conductas así, esas que pasan de la legítima y cívica protesta a la brusquedad, el vandalismo y la agresión verbal y física.
Por eso, después de lo ocurrido esta semana y antes de que haya que lamentar otros sucesos, hay que expresar un firme y enérgico basta ya. El editorial de La Sexta TV era contundente al respecto: “Que no nos peguen, que nos sintamos verdaderamente protegidos por los encargados de hacerlo, que nos dejen trabajar en algo que más que un oficio es vocación. En cualquier caso, y pase lo que pase, tengan muy claro que estos trabajadores con etiqueta de esenciales se lo seguiremos contando todo al detalle con ganas y con respeto, siempre con mucho respeto”.

