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El agua aprendió a llamarnos

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Hay herencias que se reciben en una notaría y otras que se reciben caminando por un sendero, deteniéndose junto a un viejo estanque de piedra o contemplando una galería que se pierde en el corazón de una montaña.

Muchas veces hablamos del norte de Tenerife como si siempre hubiera sido así: verde, fértil, lleno de vida, como si las viñas hubieran esperado siempre al agricultor, como si los bancales hubieran nacido con la isla, como si el agua hubiera sabido desde el principio el camino que debía recorrer… Pero el norte no fue un regalo. Fue una conquista silenciosa.

No con espadas, ni con grandes máquinas.

Fue una conquista hecha de paciencia, de ingenio y de generaciones enteras empeñadas en abrir camino a la vida allí donde otros solo veían roca.

Si alguien me preguntara cuál ha sido la mayor obra de ingeniería construida en el norte de Tenerife, probablemente no respondería una carretera, ni un puente, ni un edificio… respondería algo mucho menos visible: Las galerías que atraviesan nuestras montañas, los nacientes, las cantoneras, los canales, los estanques, las heredades de aguas… kilómetros de ingenio escondidos bajo la tierra para conseguir el bien más valioso que jamás ha tenido esta isla.

El agua

Hubo hombres y mujeres capaces de dedicar años de su vida a perforar la montaña, a escuchar la roca, a interpretar la humedad, a seguir adelante cuando solo encontraban oscuridad. Porque sabían que, si encontraban un hilo de agua, también encontrarían el futuro de una familia, de una finca y, muchas veces, de un pueblo entero.

Así comenzó un viaje que todavía continúa. El agua nacía en el interior de la montaña, recorría galerías abiertas con un trabajo que hoy cuesta imaginar, llegaba a las cantoneras, se repartía con precisión, descendía por canales construidos piedra sobre piedra, dormía en estanques esperando su momento.

Después despertaba para regar viñas, papas, frutales y huertas y, tras dar vida a la tierra, seguía su camino hasta abrazar el mar.

Ese viaje invisible es, probablemente, la historia menos contada del norte de Tenerife.

Galería de aguas en los años sesenta. Foto: A. Benítez

Hace unos días imaginaba a un grupo de niños y niñas visitando una antigua galería de agua. Al principio todo parecía una excursión más: Observaban la montaña, escuchaban las explicaciones, sonreían entre ellos.

Hasta que alguien les dijo que aquellos túneles no eran una curiosidad. Eran el resultado de miles de horas de trabajo de personas que dedicaron su vida a buscar una sola cosa: Agua.

Entonces dejaron de mirar la roca y empezaron a mirar todo lo que había sido necesario para vencerla.

Comprendieron que el agua no nace cuando abrimos un grifo. Empieza mucho antes.

Empieza en quienes hicieron posible que hoy podamos vivir con una comodidad que ellos nunca conocieron.

Nuestros mayores entendían perfectamente el valor de cada gota.

El agua se repartía por horas, se cuidaba, se aprovechaba, se respetaba… Porque nadie desperdicia aquello que ha costado tanto conseguir.

Quizá ahí se esconda una de las grandes lecciones que el norte todavía puede enseñar.

Hoy abrimos un grifo con un gesto casi automático y, pocas veces, pensamos en el largo camino que esa gota ha recorrido hasta llegar a nuestras manos.

Vivimos tiempos en los que el agua vuelve a recordarnos que no es infinita: Las sequías son más frecuentes, los recursos son cada vez más frágiles y el cambio climático nos obliga a mirar este patrimonio con una responsabilidad renovada.

No se trata de vivir con miedo. Se trata de vivir con memoria, porque solo quien conoce todo lo que supone encontrar agua comprende que ninguna gota debería desperdiciarse.

Cuidarla no consiste únicamente en cerrar un grifo. Consiste en respetar la inteligencia, la constancia y la perseverancia de quienes perforaron la montaña para dejarnos una tierra más fértil y un futuro más esperanzador.

Ahora esa responsabilidad ya no es suya.

Es nuestra.

Porque algún día serán nuestros hijos y nuestros nietos quienes recorran estos mismos senderos, contemplen estos mismos estanques y escuchen hablar de las viejas galerías.

Y tendrán derecho a preguntarnos qué hicimos con la herencia que recibimos.

Ojalá podamos responderles con orgullo.

Que entendimos que el agua nunca fue simplemente agua. Fue la obra silenciosa de un pueblo entero. Fue la riqueza más valiosa que hemos heredado. Fue el hilo invisible que unió nuestras montañas con nuestros cultivos, nuestros pueblos y nuestro mar.

Y que supimos cuidar cada gota con el mismo respeto con el que quienes nos precedieron fueron capaces de encontrarla, porque el norte de Tenerife no se entiende solamente mirando sus paisajes.

Se entiende siguiendo el camino silencioso del agua.

Un camino que comenzó hace generaciones y que ahora nos corresponde proteger para que nunca deje de llegar a quienes vendrán después.

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