Empresario sensato

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Hace unos días un empresario de nuestro sector de la construcción, joven, pero ya con una dilatada experiencia, formación académica importante, tercera generación de una empresa norteña muy señera y valorada, me llamó para mostrarme su gran preocupación por las colas y atascos en Tenerife, que padecemos desde hace décadas, estando actualmente el colapso peor que nunca. Me decía que “la movilidad en nuestra isla ya no es un problema técnico, es una contrariedad como consecuencia de la falta de liderazgo, siendo lo peor en que ni siquiera se disimula. Llevamos años advirtiéndolo, denunciando esta lamentable situación, sinceramente, cada vez parece más que hablamos solos, como en medio del desierto. Da la sensación de que quienes tienen que tomar decisiones huyen de este asunto como si fuera algo contagioso, algo incómodo que prefieren no tocar. Pero la realidad no se puede esquivar. Tenerife está entumecida. Los trabajadores pierden horas de vida en la carretera, las empresas asumimos sobrecostes que ponen en riesgo la rentabilidad y las infraestructuras se encarecen hasta niveles difícilmente asumibles. Esto no es una molestia, es un deterioro progresivo de la economía y de la calidad de vida, mientras tanto, seguimos sin un plan claro, sin prioridades definidas y sin una hoja de ruta seria. Mucha gestión del día a día y muy poca efectividad de verdad. Porque gobernar no es estar, es decidir, asumir costes, dar la cara cuando las decisiones son difíciles y aquí lo que se percibe es exactamente lo contrario: inacción, evasión y una preocupante falta de altura ante un problema que ya nos está pasando factura. Seguir así no es una opción. Porque esto no se va a arreglar solo. Y cuanto más se tarde en actuar, más caro, en todos los sentidos, le va a salir a Tenerife.”

Reflexión sincera, seria, con fundamento, de una persona que todos los días tiene que enfrentarse, como empresario y a la vez como ciudadano normal, a dificultades externas provocadas por la torpeza vergonzosa de unos políticos fracasados, incapaces de encontrar soluciones y en cambio, excelentes buscadores de problemas. Su queja no se quedaba a nivel particular, me comentaba la incidencia de los atascos endémicos, que también sufren amigos, familiares, otros profesionales, solidarizándose en una rabia que cada día cuesta más retener con prudencia.

Es incompetencia, abandono deliberado. Saben perfectamente lo que pasa, conocen los remedios, pero no se enfrentan a nada que les reste votos o comodidad personal. Instalados en la excusa permanente, la política del parche y la foto, mientras el problema se pudre gangrenándose. Cada atasco es la prueba diaria de fracaso, cada cola interminable un recordatorio de su inutilidad. Han convertido la movilidad en un castigo para el ciudadano. Y lo más grave, es que no les duele, ni les afecta, menos les importa. Cobran buenos sueldos, dietas y demás peajes a final de mes. Gestionan el caos con resignación, como si perder horas de vida encima del asfalto fuera el precio que debemos aceptar por su incapacidad.

No estamos escribiendo sobre una novedad, ni mucho menos sobre algo inesperado. Llevamos décadas soportando lo mismo, repitiendo esa penitencia diaria como si fuera un fenómeno inevitable, cuando en realidad es el resultado directo de la inacción, la improvisación y la falta de planificación ejecutoria seria. Unas cuantas generaciones de tinerfeños han escuchado promesas de soluciones definitivas que nunca han llegado, proyectos que se anuncian a bombo y platillo y que luego duermen el sueño eterno en gavetas repletas de proyectos, que se han quedado en eso, en planes, intenciones, ideas o deseos incumplidos sistemáticamente o mejor explicitado, matemáticamente.

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