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Todos los caminos llevan al norte

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Es domingo por la mañana.

La carretera comienza a llenarse de motos.

En una gasolinera, un grupo de motoristas se reúne antes de arrancar. Se saludan, ajustan los cascos y emprenden el camino.

Poco después aparecen los primeros ciclistas, pedaleando hacia las medianías mientras el sol apenas empieza a calentar el asfalto.

Más tarde llegan los coches de familias que buscan un guachinche, una plaza donde tomar un café, un sendero entre montes, un mirador o simplemente cualquier excusa para pasar el día sin mirar el reloj. Un niño pregunta cuánto falta. Sus padres sonríen. Saben que el viaje forma parte del destino.

Nadie parece haberse puesto de acuerdo.

Y, sin embargo, todos avanzan en la misma dirección.

Hacia el norte.

Hay escenas que se repiten tantas veces que dejamos de preguntarnos por qué ocurren.

Esta es una de ellas.

¿Por qué, cuando llega el domingo, miles de personas deciden poner rumbo al norte de Tenerife?

La respuesta no está en un folleto turístico.

Ni en una campaña de promoción.

Está en algo mucho más difícil de explicar.

Hay lugares a los que uno va porque tiene algo que hacer.

Y hay lugares a los que uno vuelve simplemente porque necesita estar allí.

El norte de Tenerife pertenece a los segundos.

Desde lo más alto, El Teide contempla en silencio esa pequeña peregrinación que se repite desde hace generaciones.

Ha visto pasar carros y carretas.

Ha visto partir a quienes buscaron un futuro lejos de su tierra y regresar con la emoción intacta.

Ha visto cambiar carreteras, pueblos y costumbres.

Y también observa, cada domingo, cómo miles de personas siguen encontrando en el norte un lugar al que regresar.

No porque sea perfecto.

Sino porque sigue siendo auténtico.

Hay motoristas que enlazan curvas disfrutando tanto del camino como del destino.

Ciclistas que convierten cada puerto en un reto.

Senderistas que descubren que el silencio también puede formar parte del paisaje.

Familias que llegan buscando un almuerzo y terminan regalándose un día entero.

Hay quien viene por un guachinche.

Quien busca El Drago Milenario de Icod.

Quien quiere escuchar el mar romper contra los acantilados.

Quien pasea por las calles de un casco histórico.

Quien se sienta en un banco de una plaza sin hacer absolutamente nada.

Y quien, sencillamente, necesita respirar.

Cada uno encuentra un motivo distinto.

Pero todos regresan con la misma sensación.

La de haber estado en un lugar donde la vida todavía conserva un ritmo diferente.

Hay árboles que dan sombra.

Y árboles que dan identidad.

El Drago lleva siglos recordándonos que algunas raíces son demasiado profundas para arrancarlas.

Quizá por eso el norte nunca ha necesitado hacer ruido para dejar huella.

Nunca ha competido por ser el más grande.

Ni el más moderno.

Ni el más llamativo.

Le ha bastado con seguir siendo él mismo.

Porque el verdadero patrimonio del norte no empieza en sus paisajes.

Empieza en las personas.

En quien te saluda al entrar en un pequeño comercio.

En quien recomienda un rincón como si estuviera hablando de su propia casa.

En quien sirve un plato con el orgullo de quien sabe que está compartiendo algo más que comida.

En quien entiende que recibir a alguien siempre ha sido mucho más que atenderlo.

Cuando alguien me pregunta qué tiene el norte de Tenerife, nunca empiezo hablando del Teide.

Ni del Drago.

Ni de los senderos.

Ni de los guachinches.

Empiezo hablando de su gente.

Porque los paisajes pueden enamorar a primera vista.

Pero solo las personas consiguen que uno quiera volver.

Y quizá por eso exista también una responsabilidad que casi nunca mencionamos.

Porque todo lo que amamos merece ser cuidado.

Si el norte nos regala sus montes, cuidemos sus senderos.

Si nos abre las puertas de sus pueblos, respetemos su tranquilidad.

Si nos invita a descubrir sus rincones, devolvámoselos limpios.

Si encontramos comercios que nos reciben con una sonrisa, sigamos apostando por ellos.

Y si un domingo cualquiera sentimos que aquí la vida respira de otra manera, hagamos todo lo posible para que quienes vengan detrás puedan sentir exactamente lo mismo.

Cuando cae la tarde, las motos emprenden el camino de regreso.

Los ciclistas guardan el casco.

Los senderistas se quitan las botas.

Los niños se quedan dormidos en el asiento trasero.

El norte recupera poco a poco el silencio.

Y arriba, inmóvil como siempre, el Teide continúa vigilando.

Sabe que el próximo domingo la historia volverá a repetirse.

Porque hay lugares a los que uno va porque tiene algo que hacer.

Y hay lugares a los que uno vuelve simplemente porque necesita estar allí.

El norte de Tenerife pertenece a los segundos.

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