UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Hace unos meses entré junto a un amigo en dos concesionarios de la misma marca buscando información sobre un coche.
Nada más.
En el primero todo parecía perfecto. Coches impecables. Instalaciones modernas. Un espacio cuidado hasta el último detalle.
Esperamos.
Recorrimos la exposición.
Volvimos a esperar.
Había empleados. Todos parecían ocupados en sus tareas. Sin embargo, durante un buen rato nadie encontró un momento para acercarse y preguntarnos qué necesitábamos.
Solo un joven, que ni siquiera pertenecía a la sección que buscábamos, tuvo el gesto de interesarse por nosotros. Fue amable. Hizo cuanto estuvo en su mano. Pero tampoco pudo ofrecernos la atención que habíamos ido a buscar.
Nos marchamos igual que habíamos entrado.
Con las mismas dudas y la sensación que todos conocemos… la de sentirse invisible.
Días después entramos en otro concesionario de la misma marca, esta vez en el norte de Tenerife.
También había clientes.
También había trabajo.
También había personas esperando.
Pero ocurrió algo que cambió por completo la historia. Una profesional dejó durante unos minutos lo que estaba haciendo para recibirnos.
Todo empezó con un sencillo: “Buenos días”.
Después vinieron las preguntas.
“¿Qué coche buscan?”
“¿Qué uso le van a dar?”
“¿Qué dudas tienen?”
Durante más de una hora respondió a cada una con la tranquilidad de quien entiende que vender empieza mucho antes de firmar un contrato.
Aquel día no salimos con un coche. Salimos con confianza. Y comprendí algo que no tiene nada que ver con los concesionarios.
Vivimos convencidos de que elegimos dónde comprar por el precio, por la marca o por una oferta, pero casi nunca es verdad, porque, al final, volvemos donde nos sentimos bien.
Por eso seguimos entrando en la misma cafetería.
Por eso compramos el pan en la misma panadería.
Por eso preguntamos en la misma ferretería, aunque sepamos que quizá exista otra un poco más barata.
No buscamos únicamente un producto.
Buscamos la tranquilidad de saber que, al otro lado del mostrador, alguien dejará de hacer lo que está haciendo para dedicarnos unos minutos. Y esa es una riqueza que el norte de Tenerife todavía conserva.
No porque aquí todo sea mejor, o porque nunca nos equivoquemos, sino porque aún sobreviven muchos comercios donde atender sigue siendo un oficio y no un trámite: librerías donde conocen a sus lectores, ferreterías donde explican cómo resolver un problema antes de cobrar una pieza, pequeños supermercados donde todavía preguntan por la familia o bares donde el camarero recuerda cómo tomas el café.
Empresas familiares que han entendido que la mejor publicidad nunca ha sido un anuncio. Ha sido un cliente que vuelve.
En una época en la que podemos comprar casi cualquier cosa con un solo clic, el verdadero valor del comercio de proximidad no está en competir con Internet.
Está en ofrecer aquello que Internet jamás podrá enviar en una caja.
Tiempo.
Escucha.
Interés.
Confianza.
Eso no aparece en ningún catálogo, ni figura en una campaña de publicidad y, sin embargo, es lo primero que recordamos.
Dentro de unos meses probablemente viaje en ese coche.
Tendrá el mismo motor.
El mismo volante.
El mismo color.
Las mismas prestaciones que cualquier otro.
Pero cada vez que me suba en él no recordaré el folleto que me enseñaron. Ni el precio. Ni siquiera la negociación.
Recordaré a una profesional de un concesionario del norte que entendió que, antes de vender un coche, había que recibir a una persona.
Y entonces volveré a comprender por qué merece la pena seguir apostando por el comercio de nuestro norte. Porque el verdadero valor de un negocio nunca empieza en el producto que vende.
Empieza en la forma en que hace sentir a quien cruza su puerta.
Y eso, como tantas otras cosas importantes en la vida, nunca aparece en la factura.

