UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Hay noches en las que una isla parece recordar quién fue.
Este viernes hemos vivido una de ellas.
Todavía no ha amanecido.
En una casa del norte de Tenerife, una puerta se cierra despacio.
Un hombre se coloca una mochila sobre los hombros.
Su mujer comprueba que llevan agua, algo de comida y una pequeña luz.
Antes de salir, mira hacia dentro.
“¿Lo llevamos todo?”
Él sonríe.
“Lo importante, sí”.
Y echan a andar.
Hace décadas, aquella escena podía repetirse en muchos pueblos del norte.
En El Tanque.
En Los Realejos.
En Santa Úrsula.
En La Guancha.
En Los Silos.
La noche todavía era oscura cuando las primeras personas comenzaban a caminar hacia Candelaria.
No había teléfonos móviles ni aplicaciones que indicaran el camino.
Había un candil.
Y alguien que sabía por dónde seguir.
Durante generaciones, los caminos se aprendieron así.
De padres a hijos.
De abuelos a nietos.
“Por aquí”.
“Ahora viene la subida”.
“Cuando lleguemos allí descansamos”.
Y se seguía caminando.
Algunas luces eran pequeñas luminarias.
Otras, recipientes con aceite.
Después llegarían las linternas.
Mucho después, las pantallas de los teléfonos.
Pero durante mucho tiempo aquella pequeña llama era prácticamente todo lo que había para iluminar el camino.
Y el camino no era fácil.
Había frío.
Horas de oscuridad.

Subidas que parecían no terminar nunca.
Pies doloridos.
Pausas al borde de un sendero.
Alguien que se sentaba unos minutos y se quitaba los zapatos.
Y siempre otra persona que esperaba.
Porque caminar hacia Candelaria no consistía solamente en avanzar.
Consistía en hacerlo juntos.
Si uno iba demasiado deprisa, esperaba.
Si alguien se cansaba, se paraba el grupo.
Si alguien necesitaba agua, aparecía una botella.
Todos sabían que aquel camino se hacía acompañado.
En Los Realejos todavía hay quienes mantienen viva esa memoria.
La Guanchería sale hacia Candelaria atravesando la cumbre, con sus tambores y sus pasos, recuperando una forma de peregrinar que pertenece a la historia de muchas familias del norte.
Pero quizá lo más importante no sea cómo llegan.
Sino por qué siguen saliendo.
Porque detrás de cada peregrino hay una razón diferente.
Una promesa.
Un recuerdo.
Un padre al que acompañar.
Un hijo al que llevar por primera vez.
Un abuelo cuya huella todavía permanece.
Y también quien simplemente necesita caminar.
Porque a veces caminar durante horas es una manera de ordenar la cabeza.
De pensar.
De recordar.
De agradecer.
En La Orotava, alguien puede comenzar el camino mirando todavía las luces del valle.
En Icod, otro puede recordar aquella primera peregrinación de la mano de su padre.
En El SAUZAL, el aire de las medianías puede hacer que la noche parezca todavía más fría.
Y en Tacoronte, cuando empieza a retirarse la oscuridad, quizá alguien mire hacia atrás y descubra que ya lleva muchas horas caminando.
Todos tienen vidas diferentes.
Pero aquella noche tienen un destino.
Candelaria.
Y entonces ocurre algo curioso.
Durante unas horas desaparecen muchas de las cosas que normalmente nos separan.
Da igual de qué pueblo vengas.
Da igual a qué te dediques.
Da igual si eres joven o mayor.
Todos tienen los pies en el mismo camino.
Todos necesitan parar alguna vez.
Todos buscan agua.
Todos miran cuánto falta.
Y todos conocen esa sensación cuando, después de horas, empieza a aparecer la luz.
Primero muy despacio.
Después un poco más.
La noche pierde fuerza.
El cansancio pesa.
Pero Candelaria está más cerca.
Alguien mira al resto y dice:
“Ya está”.
No hace falta explicar nada más.
Han llegado.
Han pasado muchas décadas desde aquellas peregrinaciones.
Han cambiado las carreteras.
Han cambiado los pueblos.
Han cambiado las formas de comunicarnos.
Ahora llevamos móviles, linternas potentes y calzado preparado.
Podemos consultar el recorrido antes de salir y saber cuánto falta para llegar.
Pero hay algo que no ha cambiado.
El primer paso.
Ese instante en el que alguien sale de casa cuando todavía es de noche y comienza a caminar.
Quizá ahí esté la fuerza de esta historia.
Una madre pregunta a su hijo:
“¿Vienes?”
Y él responde:
“Voy”.
Un abuelo cuenta cómo era el camino.
Alguien recuerda los candiles.
Otra voz explica dónde estaba aquella antigua senda.
Y otra generación escucha.
Así sigue caminando una tradición.
De una persona a otra.
De una generación a la siguiente.
Hasta que, muchos años después, alguien vuelve a cerrar una puerta.
Se coloca la mochila.
Enciende una luz.
Y comienza a caminar.
Quizá ya no sea un candil de aceite.
Quizá sea una linterna.
Quizá la luz salga de un teléfono móvil.
Pero debajo de esa luz sigue estando la misma historia.
La de quienes caminaron antes.
La de quienes caminan ahora.
Y la de quienes caminarán después.
Por eso, cuando este agosto volvamos a ver las carreteras llenas de peregrinos, quizá merezca la pena mirarlos de otra manera.
No son solamente personas que van hacia Candelaria.
Son peregrinos que llevan consigo una parte de la memoria de Tenerife.
Y entre ellos volverán a estar los hombres y mujeres del norte.
Los que salen cuando todavía es de noche.
Los que conocen el cansancio.
Los que saben que todavía queda camino.
Los que, paso a paso, siguen haciendo algo tan sencillo como extraordinario:
caminar juntos.
Porque algunas tradiciones no necesitan que nadie las explique.
Solo necesitan que alguien vuelva a ponerse en camino.

