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La noche en la que los abuelos volvían a casa

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El olor de las castañas asadas empezaba a recorrer la casa mucho antes de que anocheciera.

En la cocina, el fuego hacía su trabajo mientras las cáscaras comenzaban a abrirse lentamente.

En el salón, un velón permanecía encendido en silencio. Nadie preguntaba por qué. No hacía falta.

Era la noche de Los Finados y en muchas casas del norte de Tenerife aquello significaba mucho más que una fecha en el calendario. Significaba que, por una noche, los abuelos volvían a sentarse a la mesa.

Da igual donde estuviera esa casa, la escena se repetía una y otra vez: Una mesa de madera, un plato de castañas, nueces, almendras, higos pasados, una botella de vino dulce compartida entre los mayores y una familia reunida sin saber que estaba haciendo algo mucho más importante que cenar.

Estaba conservando su memoria.

Los niños esperaban impacientes. No por los dulces, ni siquiera por las castañas. Esperaban ese momento que llegaba todos los años casi a la misma hora.

La abuela sonreía, el abuelo levantaba la vista y uno de los dos rompía el silencio.

“Tu bisabuelo decía…”

A partir de ahí comenzaba un viaje que ningún libro ha conseguido contar jamás: Aparecía el abuelo que cruzaba la isla a pie para ir a trabajar, la bisabuela que sacó adelante a toda una familia cuando apenas había para comer, el tío que emigró a Venezuela con una maleta de cartón y un puñado de sueños, la vecina que compartía lo poco que tenía con quien tenía todavía menos.

Los más pequeños escuchaban en silencio y, sin darse cuenta, estaban heredando algo mucho más valioso que una casa o una finca. Estaban heredando sus raíces.

Mientras tanto, en algunos pueblos del norte, los niños recorrían las calles con una cesta entre las manos pidiendo Pan por Dios.

Las puertas de las casas se abrían y alguien entregaba unas castañas, otro añadía nueces, o quizá unas almendras. Tal vez algún dulce.

No era solo una costumbre. Era una manera de decir que aquella noche nadie debía sentirse solo.

Con el paso de los años llegaron otras celebraciones. Otras costumbres. Otras formas de entender el mundo.

Y eso forma parte de la vida.

Las tradiciones evolucionan, los pueblos cambian, las generaciones escriben su propia historia.

El problema nunca ha sido incorporar nuevas costumbres. El verdadero peligro aparece cuando dejamos morir las nuestras, porque hoy hacemos miles de fotografías, pero contamos muchas menos historias.

Conservamos cientos de imágenes de nuestros abuelos en el teléfono móvil y, sin embargo, muchos nietos apenas conocen cómo fue su vida.

No saben dónde trabajaron, ni cómo se enamoraron, ni qué sueños tuvieron, ni qué sacrificios hicieron para que nosotros pudiéramos vivir un poco mejor y, quizá, esa sea la pérdida más silenciosa de todas, porque la memoria no desaparece cuando alguien se marcha. Desaparece cuando dejamos de pronunciar su nombre.

Este primero de noviembre quizá podamos hacer algo más que visitar un cementerio.

Quizá podamos volver a casa. Asar unas castañas, encender un velón, apagar el teléfono durante un rato y pedir al mayor de la familia que vuelva a contar aquellas historias que solo él conoce, porque llegará un día en que nadie podrá hacerlo y entonces comprenderemos que cada recuerdo que no escuchamos fue una página de nuestra historia que dejamos escapar para siempre.

Imagino que aquella noche termina como terminaban tantas noches de Los Finados.

Las castañas ya se han acabado.

El velón comienza a consumirse lentamente.

La familia se levanta.

Y, cuando todo parece haber terminado, un nieto rompe el silencio.

“Abuela… ¿Cómo era mi bisabuelo?”

Ella sonríe, pero no responde enseguida.

Primero mira el velón. Después observa a toda la familia y comprende que, mientras exista un niño con ganas de conocer la historia de quienes lo precedieron, ningún abuelo desaparecerá del todo, porque los pueblos no conservan su memoria únicamente en sus iglesias, en sus plazas o en sus cementerios.

La conservan cada vez que un abuelo cuenta una historia, cada vez que una abuela pronuncia un nombre que parecía olvidado, cada vez que un nieto descubre que también él forma parte de ese relato.

Quizá ese fue siempre el verdadero sentido de Los Finados.

No recordar a quienes murieron, sino asegurarnos de que nunca dejaran de vivir en la memoria de quienes venían detrás.

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