UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Nunca imaginé que un simple número pudiera dejarme a medio camino.
Hace unas semanas subí a la línea 108 de guagua en el Intercambiador de Santa Cruz con destino a Icod de los Vinos. Antes de entrar hice la única pregunta que necesitaba hacer.
“¿Es la 108?”
“Sí”.
Aquella respuesta me bastó.
Soy una persona ciega. No puedo comprobar el panel luminoso ni leer el recorrido en una pantalla. Como hacemos tantas personas cada día, confío. Confío en el conductor. Confío en la información. Confío en que el número de una línea significa siempre lo mismo.
Pero aquel día no fue así.
Al llegar al Enlace de Los Realejos, el conductor anunció que aquella expedición terminaba allí.
Mi destino seguía estando unos kilómetros más allá.
Junto a mí viajaba un grupo de turistas que quería visitar el Drago Milenario. Ellos también habían consultado la aplicación de TITSA. Ellos también habían elegido la línea 108 convencidos de que llegarían a Icod.
Nos equivocamos todos.
Ellos terminaron ayudándome a subir a la línea 363 para completar el viaje. Nunca olvidaré aquella imagen: unos visitantes que acababan de llegar a Tenerife ayudando a un vecino de la isla a encontrar el camino hasta su propio pueblo.
Fue entonces cuando comprendí que el problema no era mío.
Tampoco era de aquellos turistas.
Era un problema de cualquiera.
De una persona mayor que ya no distingue con claridad el panel de información. De un estudiante que utiliza esa línea por primera vez. De una familia que visita el norte de Tenerife. De quien lleva años sin coger una guagua y da por hecho que un mismo número conduce siempre al mismo destino.
Porque la confianza no entiende de edades, de lugares de origen ni de capacidades.
Y precisamente de eso trata la accesibilidad universal.
Con demasiada frecuencia pensamos que la accesibilidad consiste únicamente en eliminar barreras para las personas con discapacidad.
Pero la verdadera accesibilidad universal es otra cosa.
Es diseñar los servicios públicos para que cualquier persona pueda utilizarlos de forma sencilla, intuitiva y segura, sin importar su edad, su experiencia, su condición física o el lugar del que venga.
Cuando un mismo número identifica dos destinos distintos, el problema deja de ser una cuestión de movilidad.
Se convierte en una cuestión de confianza.
No hablo de construir nuevas carreteras, de comprar más guaguas o de realizar grandes inversiones.
Hablo de algo mucho más sencillo.
De evitar que dos expediciones con destinos diferentes compartan la misma numeración.
No sé si la solución pasa por llamarla 107, 208 o cualquier otro número. Esa decisión corresponde a quienes planifican el transporte público.
Lo que sí sé es que una línea que termina en Los Realejos no debería identificarse exactamente igual que otra que continúa hasta Icod de los Vinos.
Porque un número no es una cifra.
Es una promesa.
Y cuando esa promesa falla, no solo se equivoca una persona ciega o un turista.
Puede equivocarse cualquiera.
Quienes vivimos en el norte sabemos que cada conexión cuenta. Mientras el área metropolitana dispone de numerosas alternativas para desplazarse entre Santa Cruz y La Laguna, aquí cada línea tiene un valor enorme. Precisamente por eso, cada detalle importa.
No escribo estas líneas para señalar culpables.
Las escribo porque creo que las administraciones son más útiles cuando hacen algo más que oír.
Cuando escuchan.
Escuchar no consiste únicamente en atender una queja.
Consiste en comprender la experiencia de quien utiliza un servicio público y preguntarse cómo puede mejorarse.
Los ciudadanos llevamos tiempo trasladando esta propuesta.
Quizá ha llegado el momento de escucharla.
Porque a veces creemos que mejorar un servicio público exige millones de euros.
Y, sin embargo, hay ocasiones en las que basta con cambiar un número.
Porque un número puede parecer un detalle.
Hasta que toda tu confianza depende de él.

