UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Hay municipios que uno mira desde lejos y parece que lo tienen todo. Los Realejos es uno de ellos
Tiene mar y montaña. Tiene agricultura y turismo. Tiene fiestas, patrimonio, barrios con personalidad propia y paisajes que explican por qué el norte de Tenerife sigue siendo una de las grandes reservas de identidad de la isla.
Tiene la Rambla de Castro.
Tiene El Socorro.
Tiene El Lance.
Tiene Icod el Alto.
Tiene sus medianías, sus caminos, sus agricultores y esa manera de entender el pueblo que no aparece en ninguna estadística.
Y precisamente por tener tanto, Los Realejos tiene una responsabilidad enorme:
saber qué quiere hacer con todo lo que tiene.
Por eso la pregunta es sencilla.
Los Realejos, ¿hacia dónde vas?
No es una pregunta contra nadie.
Tampoco pretende negar lo que se está haciendo.
Hay inversión.
Hay obras.
Se están mejorando colegios, calles y espacios públicos. Se trabaja en caminos, barrancos y barrios. Se han impulsado programas ambientales y de voluntariado que llevan años implicando a la ciudadanía en el cuidado del territorio.
Hay que reconocerlo.
Porque criticar por sistema es fácil.
Lo difícil es reconocer los aciertos y, al mismo tiempo, pedir que se haga más.
Y Los Realejos puede hacer más. Mucho más.
Porque el verdadero reto no es solamente cuánto dinero se invierte.
Es qué municipio estamos construyendo con ese dinero.
Ahí aparece una palabra que durante demasiado tiempo ha condicionado el futuro de Los Realejos: urbanismo.
Después de catorce años de tramitación, el nuevo Plan General de Ordenación entró finalmente en vigor a finales de 2025.
Catorce años.
Ahora ya no importa tanto cuánto tardó.
Importa qué vamos a hacer con él.
Porque un Plan General no debería ser únicamente un documento que decide dónde se puede construir.
Debería decidir dónde queremos vivir.
Dónde queremos que crezcan nuestros hijos.
Qué suelo agrícola queremos conservar.
Qué barrios queremos proteger.
Qué espacios naturales queremos preservar.
Qué modelo turístico queremos.
Y, sobre todo, qué estamos dispuestos a no construir.
Porque hay una frase que debería acompañar cualquier debate urbanístico:
no todo lo que puede construirse tiene que construirse.
Y aquí Los Realejos tiene una prueba de fuego.
El nuevo planeamiento ha generado debate en torno a determinadas parcelas próximas a la Rambla de Castro destinadas a usos turísticos.
No corresponde a esta columna convertir una denuncia política en una sentencia.
Pero sí corresponde hacer una pregunta:
¿Es compatible cualquier desarrollo turístico con el entorno de la Rambla de Castro?
Porque la Rambla de Castro no es un solar cualquiera.
Es paisaje protegido.
Es naturaleza.
Es historia.
Es uno de esos lugares que explican por qué defendemos el norte.
Y protegerlo no significa únicamente dibujar una línea en un plano.
Significa preguntarse qué ocurre alrededor.
Qué presión urbanística puede soportar.
Qué tráfico puede generar.
Qué impacto visual puede producir.
Y qué modelo turístico queremos permitir.
Los Realejos tiene derecho a desarrollar actividad turística.
Por supuesto.
Pero no necesita cualquier turismo.
Necesita un turismo que conozca el lugar al que llega.
Que recorra sus senderos.
Que descubra sus medianías.
Que coma aquí.
Que compre aquí.
Que conozca sus fiestas.
Que valore su patrimonio.
Y que se marche dejando riqueza, no una factura ambiental.
Porque el turismo que destruye aquello que viene a contemplar termina destruyéndose a sí mismo.
Pero hay otra cuestión todavía más incómoda.
¿Cuánto cuesta no resolver los problemas a tiempo?
En La Cruz Santa existe un conflicto urbanístico que lleva más de dos décadas arrastrándose y que ha desembocado en una reclamación económica de casi tres millones de euros frente al Ayuntamiento.
No corresponde aquí decidir quién tiene razón.
Eso corresponde a los procedimientos que correspondan.
Pero sí podemos preguntarnos algo.
¿Cuánto le cuesta a un municipio dejar que los problemas urbanísticos se eternicen?
Le puede costar dinero.
Le puede costar oportunidades.
Le puede costar confianza.
Y, sobre todo, le cuesta tiempo.
Porque mientras un expediente espera, una familia espera.
Mientras una decisión se retrasa, un proyecto no nace.
Mientras una solución no llega, un barrio sigue esperando.
Por eso el nuevo Plan General no puede convertirse simplemente en el final de una larga espera.
Tiene que ser el principio de una etapa diferente.
Una etapa en la que planificar signifique también decidir.
Y decidir a tiempo.
Porque un municipio que sabe hacia dónde quiere ir tiene muchas más posibilidades de llegar.
También tenemos que hablar de vivienda.
Porque de poco sirve hablar de futuro si nuestros jóvenes no pueden imaginarse viviendo aquí.
Las ayudas al alquiler son necesarias.
Las inversiones son necesarias.
Pero el problema es más profundo.
Si alguien que nació en Los Realejos tiene que marcharse porque no encuentra una vivienda que pueda pagar, tenemos un problema de municipio.
Si una familia no puede vivir cerca de sus padres.
Si un joven tiene que retrasar su emancipación.
Si vivir aquí se convierte en un privilegio.
Entonces debemos preguntarnos si estamos construyendo un municipio pensado para quienes lo habitan o solamente para quienes pueden permitirse llegar.
La vivienda debe formar parte del futuro de Los Realejos.
Y también la movilidad.
Porque un municipio tan extenso y diverso necesita algo más que carreteras.
Necesita conexiones.
Necesita guaguas que funcionen.
Necesita accesibilidad.
Necesita que una persona mayor pueda desplazarse.
Que alguien con discapacidad pueda llegar a un servicio.
Que una familia sin coche no quede aislada.
La llegada de la línea 381 a Romántica II fue una buena noticia.
Pero una buena noticia no puede convertirse en el punto final.
Debe ser el principio.
Porque el transporte público no puede ser una alternativa para unos pocos.
Para muchas personas es la única manera de llegar.
Y entonces aparece otra palabra que a veces olvidamos:
cuidar.
Los Realejos tiene programas ambientales, voluntariado, recuperación de caminos y actuaciones sobre barrancos y espacios naturales.
Eso merece reconocimiento.
Pero el cuidado no puede depender únicamente de actuaciones puntuales.
Cuidar es mantener.
Es vigilar.
Es prevenir.
Es actuar antes de que el problema sea grande.
Y aquí hay una imagen que debería hacernos pensar.
El pasado 4 de marzo, el drago de San Francisco, un ejemplar cuya edad se estima entre 270 y 300 años, cayó durante la borrasca Regina y causó daños materiales en su entorno.
Más allá de los vehículos afectados, hubo algo que no se puede reparar:
la pérdida de un pedazo de memoria.
Aquel drago había visto pasar generaciones.
Había visto crecer el barrio.
Había visto llegar y marcharse personas.
Y cuando cayó, no cayó solamente un árbol.
Cayó algo que formaba parte de la historia emocional de muchas familias.
No podemos evitar que la naturaleza cambie.
No podemos impedir que un árbol enferme o termine cayendo.
Pero sí podemos preguntarnos cuánto conocemos, protegemos y cuidamos aquello que hemos heredado.
Porque el patrimonio no empieza cuando colocamos una placa.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando entendemos que aquello que tenemos hoy no nos pertenece solamente a nosotros.
También pertenece a quienes vendrán después.
Y ese debería ser el hilo conductor de todo lo que hagamos en Los Realejos.
El territorio.
La vivienda.
El turismo.
La movilidad.
Los barrios.
La agricultura.
El patrimonio.
Todo está conectado.
Por eso no necesitamos únicamente proyectos.
Necesitamos una visión.
Una visión de municipio.
Una visión que diga qué Los Realejos queremos dentro de diez, veinte o treinta años.
Porque construir no es difícil.
Lo difícil es construir sin perderse.
Crecer no es difícil.
Lo difícil es crecer sin dejar atrás aquello que nos hace diferentes.
Atraer visitantes no es difícil.
Lo difícil es hacerlo sin expulsar a quienes viven aquí.
Y gastar dinero tampoco es difícil.
Lo difícil es convertir cada euro en una mejora real de la vida de la gente.
Por eso esta columna no quiere decir que Los Realejos lo esté haciendo todo mal.
Sería injusto.
Tampoco quiere decir que todo esté bien.
Sería complaciente.
Quiere decir algo mucho más sencillo:
Los Realejos puede más.
Puede más porque tiene un territorio extraordinario, un patrimonio enorme y, sobre todo, gente que sigue creyendo en su pueblo.
Ahora toca decidir qué queremos hacer con todo ello.
Porque dentro de veinte años nadie recordará solamente cuánto dinero tenía un presupuesto.
Recordaremos si nuestros jóvenes pudieron quedarse.
Si nuestros mayores pudieron vivir dignamente.
Si nuestros agricultores pudieron seguir trabajando.
Si nuestros barrios siguieron teniendo vida.
Si nuestros espacios naturales sobrevivieron a nuestras decisiones.
Si la Rambla de Castro siguió siendo reconocible.
Y si nuestros hijos pudieron mirar hacia atrás y sentir que quienes estuvieron antes que ellos supieron cuidar lo que habían recibido.
Por eso la pregunta sigue ahí.
Los Realejos, ¿hacia dónde vas?
Ojalá hacia delante.
Pero no hacia cualquier sitio.
Hacia un municipio que crezca sin perderse.
Que atraiga sin expulsar.
Que invierta sin olvidar.
Que construya sin destruir.
Que modernice sin borrar.
Y que tenga el valor de entender que algunas decisiones pueden esperar.
Pero otras no.
Porque cuando se pierde un paisaje, una oportunidad, una familia o una parte de nuestra memoria,
no siempre existe una segunda oportunidad.
Y quizá por eso la verdadera pregunta no sea hacia dónde va Los Realejos.
Quizá sea mucho más sencilla.
¿Hacia dónde queremos que vaya?

