UNA MIRADA PARA TOMAR EL PULSO DEL NORTE DE LA ISLA
Artículo de opinión de Mawi Amaro López

Hay imágenes que hablan más que cualquier discurso.
Algunas de ellas se repiten cada día en el norte de Tenerife. Bancales cubiertos de maleza. Huertas donde antes crecían papas, zanahorias, viñas o frutales y donde hoy solo prosperan las zarzas, el rabo de gato y el silencio.
Cada vez que paso junto a una de esas fincas me hago la misma pregunta.
¿Qué nos ocurrió?
Porque esa tierra no siempre estuvo abandonada.
Durante generaciones dio de comer a miles de familias. Dibujó el paisaje del que hoy presumimos. Levantó pueblos enteros y convirtió el norte de Tenerife en un referente agrícola donde cada bancal contaba una historia de esfuerzo, sacrificio y esperanza.
Nada de eso desapareció de un día para otro.
Simplemente dejamos de mirar hacia la tierra.
Y la tierra, cuando nadie la cuida, nunca permanece vacía.
Se llena de abandono.
Después llegan las preguntas.
¿Por qué cada vez cuesta más encontrar papas del país? ¿Por qué dependemos tanto de lo que viene de fuera? ¿Por qué desaparecen cultivos que durante décadas formaron parte de nuestra identidad?
Quizá la respuesta no empiece en el supermercado.
Quizá empiece mucho antes.
Empiece en cada finca que dejamos de cultivar.
Con demasiada frecuencia hablamos del campo como si fuera responsabilidad exclusiva de los agricultores.
Y no lo es.
Es responsabilidad de toda una sociedad que ha ido perdiendo el vínculo con la tierra que la alimentó durante generaciones.
También escuchamos con frecuencia que faltan oportunidades de empleo o que hay personas que vienen de otros lugares a trabajar en sectores donde cada vez cuesta más encontrar relevo.
Y, mientras mantenemos ese debate, miles de metros cuadrados de tierra fértil esperan simplemente una oportunidad para volver a producir.
Tal vez ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda.
¿Qué preferimos?
¿Una finca cubierta de maleza?
¿O una finca llena de vida, aunque las manos que la trabajen hayan nacido lejos de aquí?
Yo lo tengo claro.
Prefiero una tierra cultivada a una tierra abandonada.
Porque la tierra no entiende de fronteras.
No entiende de acentos.
No entiende de lugares de nacimiento.
La tierra entiende de trabajo.
De cuidado.
De esfuerzo.
De manos.
Y esas manos pueden ser las de quien heredó una finca familiar y decidió continuar la tradición.
Las de un joven que ha descubierto en la agricultura un proyecto de vida.
O las de alguien que llegó al norte buscando una oportunidad y terminó encontrando también una forma de cuidar una tierra que otros habían dejado atrás.
No deberíamos preguntarnos de dónde vienen esas manos.
Deberíamos preocuparnos de que nunca falten.
Porque cuando una finca vuelve a producir, ganamos todos.
Gana quien encuentra un trabajo digno.
Gana el propietario que recupera una tierra olvidada.
Gana el comercio local.
Gana quien busca producto de cercanía.
Gana el paisaje que define nuestra identidad.
Y gana el norte de Tenerife.
La verdadera riqueza de un territorio nunca ha estado únicamente en lo que produce.
Ha estado siempre en su capacidad para cuidar aquello que heredó.
El norte no necesita menos manos.
Necesita más manos.
Más personas dispuestas a sembrar donde hoy solo crece la maleza.
Más personas capaces de devolver la vida a una tierra que lleva demasiado tiempo esperando.
Porque las papas no preguntan quién las sembró.
Las zanahorias no distinguen el acento de quien las cultivó.
Las viñas tampoco.
La tierra nunca pregunta de dónde vienes.
Solo responde a quien decide cuidarla.
Y quizá la mejor manera de defender el norte de Tenerife no consista en preguntarnos quién trabaja nuestra tierra. Consista, simplemente, en asegurarnos de que nunca vuelva a quedarse sin manos que la hagan florecer.

