Parados fantasmas

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Podemos, con razón, empezar este escrito con la siguiente pregunta ¿dónde están los parados en Canarias? porque lo que es incuestionable es que hay un gran desajuste del empleo en nuestra Comunidad Autónoma. Mientras todos los sectores económicos padecemos una sequia laboral, porque no encontramos las suficientes personas trabajadoras para ocupar los puestos precisos, en cambio, en las listas públicas de las oficinas de empleo tenemos más de cien parados, lo que es cuanto menos paradójico y nos hace repetir con frecuencia la interrogación del principio. Lo demagógico es decir que un porcentaje importante de los mismos están cobrando una paga con la que se conforman o trabajando en la economía sumergida que, por cierto, está más dislocada que nunca.

El problema ya no es solo el desempleo, es el desajuste que genera en las empresas y en el entero sistema productivo. Mientras miles de personas siguen inscritas en las listas del paro, sectores clave como la construcción, la hostelería o determinados servicios denuncian una escasez creciente de mano de obra. No es una percepción aislada ni una queja recurrente sin fundamento, lamentablemente es una realidad que está ralentizando proyectos, encareciendo costes y lastrando la competitividad del Archipiélago. En estos momentos, en particular, en el sector de la construcción, tenemos muchas empresas que están ralentizando los trabajos, parando obras e incluso no empezando las que tienen encargadas y contratadas por falta de personal, que se agrava con el aumento pandémico del absentismo laboral, otra causa que no tiene una explicación ni racional ni sanitaria.

La explicación no es única, pero sí evidente en varios frentes. En primer lugar, existe una desconexión entre la formación de los demandantes de empleo y las necesidades reales del mercado. Durante años se ha fomentado un modelo formativo que no siempre responde a los perfiles que hoy se requieren. El resultado es una bolsa de desempleados que, en muchos casos, no encaja en los puestos disponibles. A esto se suma un cambio cultural silencioso pero profundo. Hay empleos que han perdido atractivo, especialmente aquellos que exigen esfuerzo físico, constancia o condiciones más exigentes. La construcción, por ejemplo, sufre especialmente esta falta de relevo generacional. Muchos jóvenes simplemente no contemplan estas profesiones, pese a que ofrecen oportunidades reales de estabilidad y crecimiento tanto personal como económico.
Otro factor que no se puede ignorar es el efecto de determinadas políticas públicas. Sin cuestionar su necesidad como red de protección social, sí conviene reflexionar sobre si algunos incentivos están contribuyendo, aunque sea indirectamente, a desincentivar la búsqueda activa de empleo.

Cuando la diferencia entre trabajar o no hacerlo es escasa en términos económicos o de esfuerzo, el sistema empieza a fallar, además, si no incorporamos las palabras y su significado, de responsabilidad y esfuerzo en el sistema educativo desde las primeras etapas formativas, cuando los jóvenes lleguen a su mayoría de edad y tengan que enfrentarse al mercado laboral, siempre exigente, no tendrán la fuerza necesaria para afrontarlo con brío y así fracasan en sus expectativas vitales. Los jóvenes son los primeros damnificados de un sistema educativo flojo, poco exigente y más bien parasitario, que además, infravalora el rol del profesor o profesora, quitándoles toda autoridad moral, ética y disciplinaria.

Además, la burocracia y la rigidez administrativa tampoco ayudan. Empresas que necesitan contratar con urgencia se encuentran con procesos lentos, dificultades para encontrar perfiles adecuados en los servicios públicos de empleo y escasa agilidad para incorporar trabajadores de fuera cuando el mercado local no responde.

La solución pasa por actuar en varios niveles. Es imprescindible reorientar la formación hacia las demandas reales del tejido productivo, dignificar y prestigiar determinados oficios y revisar los mecanismos de intermediación laboral para hacerlos más eficaces. También es necesario introducir mayor flexibilidad y facilitar la movilidad laboral.

Pero, sobre todo, hace falta un cambio de enfoque. El empleo no puede entenderse solo como un derecho, sino también como una responsabilidad compartida. No se trata de señalar, sino de corregir un sistema que, tal como está planteado, no está funcionando.

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